Antes de empezar: qué podemos saber y qué no
Si has llegado hasta aquí es porque has
aceptado el marco epistemológico del proyecto, o al menos estás dispuesto a
trabajar con él. Eso facilita las cosas. No hace falta repetir ad nauseam que
la religión es una categoría moderna o que la epoché es el principio que
gobierna el análisis. Ahora hay que aplicarlos.
Y aplicarlos aquí, en el período natuficense,
es especialmente exigente, porque este es el primer régimen epistemológico del
proyecto: el que opera sin una sola línea escrita. No hay textos que leer con
método histórico-crítico. No hay inscripciones que descifrar. Lo que hay son
huesos, piedras, conchas marinas, colorante rojo y la distribución espacial de
unos cuerpos enterrados hace doce milenios. La disciplina que lee esos datos no
es la filología: es la arqueología cognitiva.
Las conclusiones de este capítulo son más
tentativas que las de cualquier sección posterior. Eso no las hace menos
interesantes. Las hace, si cabe, más honestas.
En
este período, toda inferencia sobre creencias, intenciones o significados
simbólicos es una hipótesis con distintos grados de respaldo material, no una
conclusión establecida. El texto lo señalará cada vez que sea necesario.
I. Quiénes eran los natufiences
1.1 El nombre y su origen
El término natuficense proviene del Wadi
al-Natuf, un valle en las colinas de Judea donde la arqueóloga británica
Dorothy Garrod excavó la cueva de Shuqba en 1928 y encontró restos que no se
ajustaban a ninguna cultura paleolítica conocida. Garrod identificó una nueva
entidad cultural que, desde entonces, lleva el nombre del barranco donde fue
descubierta. No es el nombre que se daban a sí mismos —de ese nombre no sabemos
nada— sino el que la arqueología les asignó noventa siglos después de su
desaparición.
1.2 Dónde y cuándo
Los natufiences habitaron el Levante —el
corredor geográfico que hoy incluye Israel, Palestina, el Líbano, el suroeste
de Siria y el noroeste de Jordania— durante un período que los especialistas
sitúan aproximadamente entre el 12.500 y el 9.500 a.e.c., aunque los límites
cronológicos varían según el sitio y la metodología de datación. Es el último
período del Epipaleolítico levantino, inmediatamente anterior a la revolución
neolítica.
Su distribución geográfica coincide en buena
medida con lo que Gordon Childe llamó el «creciente fértil»: la franja de
tierras con suficiente humedad y recursos vegetales para sostener comunidades
humanas sin agricultura. El Levante del 12.000 a.e.c. era más frío y húmedo que
el actual, con bosques de robles y pistachos en las colinas y abundantes
cebádas y trigos silvestres en los valles.
1.3 Qué los hace únicos en el registro arqueológico
Los natufiences no fueron los primeros seres
humanos anatomícamente modernos en el Levante —la presencia humana en la región
se remonta decenas de milenios atrás— pero sí fueron los primeros en adoptar un
patrón de asentamiento que los arqueólogos identifican como sedentarismo
incipiente o proto-sedentarismo. Mientras que las comunidades paleolíticas
anteriores se movían estacionalmente siguiendo los recursos, los natufiences
empezaron a permanecer en un mismo lugar durante períodos prolongados, y
algunos grupos quizá durante todo el año.
Este cambio no parece haber sido planificado.
No hay evidencia de que los natufiences ‘decidieran’ sedentarizarse. Lo más
probable es que la abundancia de recursos silvestres en el Levante de ese
período —especialmente los cereales silvestres— hiciera rentable quedarse: por
primera vez en la historia de la región, un grupo humano podía obtener
suficientes calorías en un radio relativamente pequeño sin necesidad de
moverse.
Punto de inflexión
histórico: El proto-sedentarismo natuficense no es solo un cambio en el
patrón de movilidad. Es la condición que hace posibles todos los desarrollos
posteriores: los asentamientos permanentes, la acumulación de excedentes, la
especialización social y, con el tiempo, la escritura, el estado y la religión
institucionalizada. Sin los natufiences —o sin algo funcionalmente
equivalente—, los milenios siguientes habrían sido distintos.
II. Los sitios principales
La arqueología natuficense se conoce principalmente a través de un número limitado de sitios excavados con rigor metodológico. Los más relevantes para los propósitos de este proyecto son:
Ain Mallaha / Eynan (Israel)
Excavado desde los años 1950 bajo la
dirección sucesiva de Jean Perrot y François Valla, Ain Mallaha es
probablemente el sitio natuficense más importante conocido. Se trata de un
asentamiento al aire libre en el valle del Jordán, con arquitectura de piedra —estructuras
circulares semisub terráneas— y un cementerio asociado con más de cuarenta
individuos excavados. Es el sitio donde se documentó uno de los hallazgos más
citados de la arqueología del período: un enterramiento doble de un ser humano
y un cachorro de perro, al que volveremos más adelante.
Cueva de Hayonim y Terraza de Hayonim (Israel)
Conjunto arqueológico en el Carmel que
combina una cueva con uso funerario y un asentamiento al aire libre. Ha
proporcionado evidencia de arte mobiliar —figuras de animales talladas en
hueso— y una secuencia estratigráfica que permite estudiar la transición entre
el Epipaleolítico y el Neolítico. Anna Belfer-Cohen ha trabajado intensamente
en este sitio.
Cueva de Hilazon Tachtit (Israel)
Sitio excavado por Leore Grosman (Universidad
Hebrea de Jerusalén). En 2008, Grosman y sus colaboradores publicaron el
análisis de un enterramiento singular: una mujer de edad avanzada, con
deformidad física, enterrada con aproximadamente cincuenta caparazones de
tortuga, restos de al menos diez animales distintos (un águila, un leopardo, un
jabali, una vaca, y otros), un ala de águila completa y un pie humano separado
del cuerpo. Los excavadores interpretaron este conjunto como un enterramiento
chamaníco, posiblemente el más antiguo documentado con ese nivel de complejidad
en el mundo.
La
interpretación de Hilazon Tachtit como «tumba de un chamán» es una hipótesis
arqueológica bien fundamentada, pero sigue siendo una inferencia. Lo que el
registro muestra con certeza es el tratamiento ritual inusualmente complejo de
un individuo específico. Que ese individuo ejerciera una función social
equivalente a lo que las culturas posteriores llaman ‘chamán’ es plausible, no
demostrado.
Abu Hureyra (Siria)
Hoy sumergido bajo las aguas del embalse de
Assad, Abu Hureyra fue excavado en los años 1970 bajo la dirección de Andrew
Moore. El sitio es único porque su secuencia estratigráfica documenta la
transición de la recolección al cultivo: los primeros estratos muestran una
comunidad de recolectores de cereales silvestres y los estratos superiores
muestran el comienzo de la agricultura. Es la evidencia más clara del proceso
de sedentarización y eventualmente de la ‘revolución neolítica’ como cambio
gradual, no como ruptura abrupta.
III. El comportamiento simbólico: qué dice el registro
Esta es la sección más directamente relevante
para el hilo del proyecto. Los natufiences nos interesan no principalmente como
agricultores potenciales sino como la primera comunidad del Levante de la que
tenemos evidencia arqueológica sistemática de comportamiento que, en términos
cuidadosamente formulados, puede llamarse simbólico o ritual. ¿Qué nos dice
exactamente el registro?
3.1 Los enterramientos
El hecho más significativo del registro
natuficense para los propósitos de este proyecto es la práctica sistemática de
enterrar a los muertos en espacios diferenciados, con reguleridad y con objetos
asociados. Esto no era universal en el Paleolítico: las comunidades
cazadoras-recolectoras anteriores dejaban distintos tipos de evidencia de
tratamiento de los muertos, pero los natufiences lo hacen de manera más
sistemática y con mayor variedad de gestos asociados.
Los enterramientos natuficenses documentados
comparten varios rasgos:
–
Entierro dentro o
inmediatamente adyacente al asentamiento, no en lugares alejados.
–
Posición intencional del
cuerpo: frecuentemente en flexión fetal o decúbito lateral.
–
Ajuar funerario: ornamentos
personales (conchas marinas, dientes perforados, cuentas de hueso), ocre rojo,
a veces restos animales.
–
En algunos casos,
enterramiento secundario: los huesos son desenterrados y reenterrados, con el
cráneo a menudo separado del cuerpo.
–
Diferenciación en el
tratamiento según el individuo: no todos reciben el mismo tipo de
enterramiento, lo que sugiere distinciones sociales.
Qué nos dice todo esto y qué no. Lo que el
registro muestra con claridad es que los natufiences trataban a sus muertos
como ‘personas’ cuya disposición merecía esfuerzo y atención. El uso de ajuar
funerario sugiere que los objetos tenían un significado que iba más allá de su
utilidad inmediata: nadie entierra conchas del Mar Rojo en el Valle del Jordán
por razón puramente funcional.
Lo que el registro no puede mostrarnos es qué
pensaban sobre la muerte, si creían en alguna forma de continuidad después de
ella, o cómo articulaban ese conjunto de prácticas en un sistema de ideas. Esas
preguntas, legítimas y fascinantes, no tienen respuesta disponible para este
período.
3.2 Los ornamentos personales
Una de las evidencias más reveladoras del
registro natuficense es la abundancia y variedad de ornamentos personales:
collares y pulseras de conchas marinas perforadas, dientes de animales, cuentas
de piedra caliza y hueso, y en algunos casos tocados elaborados con conchas que
se atestiguan en los enterramientos como parte del atuendo del difunto.
El dato geográfico es significativo. Conchas
del Mar Mediterráneo y del Mar Rojo aparecen en sitios del interior del
Levante, a decenas o centenares de kilómetros de su origen. Esto implica una de
dos cosas, o las dos a la vez: que los natufiences recorrían esas distancias, o
que existían redes de intercambio que permitían que esos objetos circularan. En
cualquier caso, el valor asignado a esas conchas no era nutricional ni
instrumental: era puramente simbólico.
Nota: La presencia de
materiales exóticos en contextos funerarios es uno de los indicadores
arqueológicos más robustos de comportamiento simbólico: supone la existencia de
un sistema de valor que prioriza el significado sobre la utilidad.
3.3 El arte mobiliar
El registro natuficense incluye un número
limitado pero significativo de objetos tallados con fines claramente no
utilitarios: figuras de animales en piedra y hueso, bastones con
representaciones zoomorfas, y objetos de formas geométricas complejas. La cueva
de Hayonim ha proporcionado algunos de los ejemplares más elaborados. Son
objetos pequeños, portables, cuidadosamente trabajados.
La iconografía es predominantemente
zoomórfica: gacelas, tortugas, jabalías. Las representaciones humanas son
raras. Esto contrasta con el arte del Paleolítico europeo, donde la figura
humana es igualmente escasa pero el contexto —el interior de cuevas, a menudo
de difícil acceso— sugiere un uso ritual específico. Los objetos natuficenses
son ‘portables’ en el sentido más literal: forman parte de la vida cotidiana o
son llevados por individuos en sus enterramientos.
La
clasificación de un objeto como ‘arte’ es ya una interpretación: implica que
fue producido con intención estética o simbólica. El registro muestra objetos
tallados sin función práctica obvia; inferir de ahí intención simbólica es
razonable pero no demostrable.
IV. Dos casos excepcionales
4.1 El perro de Ain Mallaha
En 1978, Simon Davis y François Valla
publicaron el análisis de un enterramiento en Ain Mallaha que lleva décadas
citándose como uno de los hallazgos más evocadores de la prehistoria reciente:
una persona de edad avanzada —probablemente una mujer— enterrada con la mano
izquierda apoyada sobre un cachorro de perro. El cachorro tenía entre cuatro y
cinco meses y estaba en posición curva, junto al cuerpo. La postura sugiere
intencionalidad: no es un depósito secundario sino una disposición deliberada.
Eitan Tchernov y François Valla confirmaron
más tarde la identidad de los restos caninos y analizaron el contexto en una
revisión ampliada del registro zoologíco natuficense. El hallazgo de Ain
Mallaha sigue siendo uno de los primeros testimonios conocidos de la relación
entre humanos y perros domésticos, y el único del período en que esa relación
aparece marcada ritualment en un enterramiento conjunto.
Lo que el hallazgo
documenta, con cautela, es que esta persona y este animal fueron enterrados
juntos, con intención deliberada. Qué significaba esa asociación para la
comunidad que la realizó es una pregunta que el registro no puede responder. —paráfrasis del principio metodológico del
primer régimen
4.2 La tumba de Hilazon Tachtit
El caso es excepcional incluso dentro del
registro natuficense. Leore Grosman, Natalie D. Munro y Anna Belfer-Cohen
publicaron en 2008 el análisis de un enterramiento único en la cueva de Hilazon
Tachtit: una mujer de aproximadamente cuarenta y cinco años, con la columna
vertebral malformada y la pelvis deteriorada —lo que habría limitado
severamente su movilidad—, enterrada en una fosa ovalada cubierta y sellada con
grandes piedras de caliza. Junto a ella: cincuenta caparazones completos de
tortuga, un fragmento de cráneo humano, un pie humano que no pertenecía a su
cuerpo, restos de un águila dorada, un leopardo, dos martas, y otras especies.
El conjunto es tan inusual que no tiene paralelos conocidos en el registro
natuficense.
Los excavadores propusieron la interpretación
de un enterramiento chamaníco: el individuo habría tenido un estatus especial
en su comunidad, posiblemente asociado a prácticas rituales o curativas, y su
entierro habría sido tratado de manera diferencial. La deformidad física en muchas
culturas posteriores documenta relaciones ambiguas con lo sobrenatural: el
cuerpo que se mueve de manera distinta a los demás puede ser leído como marcado
por algo que excede lo ordinario.
La interpretación es estimulante y
metodológicamente bien fundada. Y al mismo tiempo permanece como
interpretación: lo que el registro muestra con certeza es que esta persona fue
tratada de manera inusualmente elaborada en su muerte. El ‘por qué’, en el
sentido de las ideas que motivaron ese tratamiento, está fuera del alcance de
lo que el registro puede responder.
V. Por qué emerge el comportamiento ritual: una aproximación cognitiva
Llegados a este punto, la pregunta obvia es:
¿por qué? ¿Por qué los natufiences —y los seres humanos en general— desarrollan
prácticas rituales alrededor de los muertos, los objetos y los animales? La
arqueología puede describir el qué; la ciencia cognitiva de la religión ofrece
herramientas para aproximarse al por qué.
5.1 Los mecanismos cognitivos del pensamiento sobrenatural
Pascal Boyer, en Religion Explained: The
Evolutionary Origins of Religious Thought (Basic Books, 2001), propuso que el
pensamiento religioso no requiere explicación especial porque no es especial: es
un producto esperable de los mismos mecanismos cognitivos que permiten a los
seres humanos navegar el mundo social. La mente humana construye
representaciones de agentes intencionales —entidades que tienen deseos,
creencias y objetivos— y lo hace de manera tan automática que tiende a
sobreaplicar esa capacidad a objetos, fenómenos naturales y entidades
imaginadas.
El resultado es lo que Boyer llama
representaciones de ‘agentes sobreordenados’: entidades que comparten
propiedades con los agentes reales (tienen intenciones, pueden ser ofendidas o
aplacadas) pero violan expectativas de dominio (no tienen cuerpo, no mueren,
conocen cosas inaccesibles). Estas representaciones son, en términos
cognitivos, fáciles de generar, fáciles de recordar y fáciles de transmitir.
Por eso tienden a aparecer de manera recurrente en culturas muy distintas.
Aplicado a los natufiences: la práctica de
depositar objetos junto a los muertos es coherente con la atribución de agencia
intencional a personas fallecidas —la intuición de que el muerto sigue siendo
alguien, que puede necesitar cosas, que su disposición importa. Esta intuición
no requiere un sistema teológico elaborado: basta con los mecanismos cognitivos
que el ser humano ya tiene.
5.2 Los modos del ritual
Harvey Whitehouse, en sus investigaciones
sobre los modos de transmisión del ritual, distinguió dos patrones recurrentes:
el modo doctrínico (rituales frecuentes, de baja intensidad emocional, que
transmiten doctrina codificada) y el modo imágistico (rituales poco frecuentes,
de alta intensidad emocional, que producen memorias episódicas indelebles).
Para las comunidades natuficenses, que no tienen escritura ni teología
institucional, el modo imágistico es el único disponible: los rituales
funerarios deben haber sido eventos de alta intensidad que dejaban huella en la
memoria de toda la comunidad presente.
Esto tiene una implicación histórica
relevante: el rito natuficense no transmite ideas abstractas sobre la muerte o
el más allá. Transmite la coherencia del grupo en torno a un evento de ruptura.
Entierra al muerto con cuidado no (solo) porque se crea algo sobre lo que le
espera, sino porque el ritual mismo es lo que mantiene unida a la comunidad en
el momento de la pérdida.
Implicación
metodológica: La distinción entre rito como expresión de creencia y rito como
mecanismo de cohesión social es fundamental para este proyecto. En las primeras
comunidades sedentarias, ambas funciones probablemente coexisten sin separación
clara. La tendencia a leer los rituales natufienses como ‘proto-religión’ en el
sentido de proto-teología es un anacronismo que el proyecto evita.
VI. Jacques Cauvin y la revolución de los símbolos
Hay una tesis que merece un tratamiento
separado porque es directamente relevante para el hilo del proyecto. Jacques
Cauvin, arqueólogo francés del CNRS y especialista en el Neolítico levantino,
propuso en su obra Naissance des divinités, naissance de l’agriculture (1994,
traducida al inglés como The Birth of the Gods and the Origins of Agriculture,
Cambridge University Press, 2000) una tesis que invirtió la secuencia causal
convencional.
La interpretación estándar de la Revolución
Neolítica ponía la agricultura como causa y los cambios simbólicos e
ideológicos como consecuencia: primero la gente se sedentariza, cultiva y
acumula excedentes; luego, con más tiempo libre y mayor complejidad social,
desarrolla sistemas de creencias más elaborados. Cauvin argumentó lo contrario.
Según Cauvin, el registro arqueológico
muestra una ‘revolución de los símbolos’ —un cambio en las representaciones
iconográficas, en el tratamiento de los muertos, en la organización del espacio
ritual— que precede en varios siglos al inicio de la agricultura. En otras
palabras: primero cambia la mente, luego cambia la economía.
La tesis de Cauvin es debatida y no
constituye consenso en el campo. Muchos arqueólogos prefieren modelos
multicausales que no privilegian ninguna variable. Pero su propuesta sigue
siendo una de las más estimulantes del campo porque plantea una pregunta que
este proyecto necesita tener presente: ¿es posible que el desarrollo simbólico
sea una causa, y no solo un efecto, de los grandes cambios históricos?
VII. La pregunta que el registro no puede responder
Hay una pregunta que el proyecto no puede
eludir, aunque tampoco puede responder: ¿creían los natufiences en algo?
La pregunta parece obvia y es, de hecho,
incontestable con los datos disponibles. El registro material muestra
comportamientos que son coherentes con la existencia de sistemas de creencias
—representaciones de agentes sobrenaturales, de continuidad después de la
muerte, de poderes asociados a ciertos individuos o animales— pero no los
prueba. Una comunidad podría desarrollar prácticas funerarias elaboradas por
razones puramente sociales, sin ninguna representación sobrenatural explícita.
Otra podría hacerlo por razones que involucran un mundo invisible poblado de
agentes. El registro arqueológico, por sí solo, no distingue entre ambas.
Ofer Bar-Yosef, en sus revisiones del período
natuficense, fue siempre cuidadoso a este respecto: describir los hallazgos,
proponer las interpretaciones más parsioniosas y señalar los límites de lo que
puede inferirse. Es el modelo que este proyecto adopta.
El arqueólogo puede
decir qué hicieron; el régimen epistemológico del período prehistórico impide
decir, con certeza, qué pensaban mientras lo hacían. —principio del primer régimen epistemológico
del proyecto
Esto no es un fracaso del análisis. Es una conclusión. El silencio del registro en ese punto es ya una respuesta: nos dice que el pensamiento simbólico humano deja más huella en los huesos y en los objetos que en las ideas. Para acceder a las ideas necesitamos otra herramienta. Esa herramienta —la escritura— aparecerá cinco mil años más tarde.
VIII. Hacia el Neolítico: continuidades y rupturas
El período natuficense no termina de golpe.
La transición al Neolítico Pre-cerámico A (~9.500–8.800 a.e.c.) es gradual y
desigual: algunos sitios muestran una continuidad notable en las prácticas
culturales; otros muestran rupturas significativas. No hay «el momento» en que
los natufiences dejan de ser natufiences y empiezan a ser neolíticos.
Lo que sí cambia, y de manera notable, es la
escala. Los asentamientos del Neolítico Pre-cerámico son más grandes, más
permanentes y, en algunos casos, organizados alrededor de estructuras que los
arqueólogos identifican con función ritual comunal, no solo doméstica. El caso
más espectacular —y el más debatido— es Göbekli Tepe, en la actual Turquía, al
que se dedicará la sección siguiente del proyecto.
Las prácticas funerarias natuficenses tienen
continuadores neolíticos claros: el enterramiento bajo el suelo de las casas,
la curación y separación de cráneos, el uso de ocre. En sitios como Áin Ghazal
(Jordania) aparecerán estatuas de yeso de tamaño natural que representan
figuras humanas y que son, en cierto sentido, la versión monumentalizada de los
objetos de arte mobiliar natuficenses.
El hilo que conecta las prácticas simbólicas
de los natufiences con las de las culturas neolíticas y, eventualmente, con las
de las primeras civilizaciones escritas no es una línea recta. Es un conjunto
de continuidades parciales, rupturas locales y reelaboraciones que el proyecto
irá trazando en las secciones siguientes.
Lo que el prolegómeno establece: Que el comportamiento simbólico humano en el Levante tiene una historia material documentable que comienza, al menos, doce mil quinientos años antes de la era común. Que ese comportamiento precede a la escritura, a la agricultura y al Estado en varios milenios. Y que cualquier estudio de las tradiciones cultuales del Próximo Oriente Antiguo que comience con los primeros textos escritos está comenzando en la mitad de la historia.
Referencias bibliográficas
El
período natuficense: arqueología y comportamiento simbólico
Bar-Yosef, Ofer The Natufian Culture in the Levant: Threshold to
the Origins of Agriculture.
Evolutionary Anthropology 6/5 (1998): 159–177.
Grosman, Leore, Natalie D. Munro, y Anna
Belfer-Cohen A 12,000-Year-Old
Shaman Burial from the Southern Levant (Israel). Proceedings of the National Academy of
Sciences 105/46 (2008): 17665–17669.
Tchernov, Eitan, y François R. Valla Two New Dogs, and Other Natufian Dogs, from the
Southern Levant. Journal of
Archaeological Science 24 (1997): 65–95.
La
revolución neolítica y el origen del simbolismo
Cauvin, Jacques The Birth of the Gods and the Origins of
Agriculture. Trad. Trevor
Watkins. Cambridge: Cambridge University Press, 2000. Original francés:
Naissance des divinités, naissance de l’agriculture. Paris: CNRS Éditions,
1994.
Ciencia
cognitiva de la religión
Boyer, Pascal Religion Explained: The Evolutionary Origins of
Religious Thought. New York: Basic
Books, 2001.
Whitehouse, Harvey Modes of Religiosity: A Cognitive Theory of Religious Transmission. Walnut Creek: AltaMira Press, 2004.

Comentarios
Publicar un comentario